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sábado, 19 de septiembre de 2015

Ni tradición ni cultura


Fotografía Miguel Morales


No hay nada mágico o sagrado en la tradición. Una tradición sólo es un hecho o ritual repetido a lo largo del tiempo hasta que se hace costumbre. Ello no la convierte en nada mejor o peor que cualquier otra cosa, por mucho que sus defensores quieran elevarla a los altares expresamente erigidos para ella.
Éticamente hablando el “hecho tradicional” es neutro. Lo que le da uno u otro significado -más allá del meramente simbólico- es aquello que ocurre en la práctica de una tradición concreta. Una fiesta para catar el mosto nuevo antes de la vinificación es agradable, sana, vincula a los integrantes del grupo humano que la cultiva y no hace daño a nadie. ¿Podemos decir lo mismo de una fiesta en que se arrojen cabras desde campanarios, se arranquen los pescuezos de gansos colgados cabeza abajo, se apedreen gallos hasta la muerte o, como este cercano caso que aún está de actualidad, se persiga a un toro bajo una lluvia de lanzas hasta que alguna de estas -tras un indescriptible sufrimiento del animal- acabe con su vida? Ni me molesto en consignar una respuesta tan obvia.

Foto: Miguel Morales
¿Y la cultura? Pocas palabras están tan prostituidas como esta. Bajo su paraguas cabe todo, lo más noble y elevado, lo genial y pionero, aunque también lo primario, lo aberrante y lo monstruoso. Invoca la cultura y cualquier conducta humana estará justificada, incluso la más atroz. Hechos propios de la cultura, como la lengua, los bailes regionales o la cocina típica, no son los únicos, por desgracia, a que se refiere nuestra palabreja. También abarca la omnímoda cultura espantos como la ablación del clítoris, la amputación de las manos de los ladrones, la condena a muerte de los homosexuales, la lapidación o las castas… Todo ello pertenece, y con orgullo, a determinadas “culturas”. ¿Y eso lo hace bueno? ¿Lo hace siquiera “pasable”?
Recordemos los sacrificios humanos rituales, los circos con gladiadores y personas devoradas por fieras, la esclavitud, la antropofagia, los duelos al amanecer a pistola o espada para resarcir estúpidas afrentas al honor. Costumbres culturales y tradicionales que se veneraban en su momento y que hoy, con una nueva mentalidad y a la luz del progreso, se ven de otra manera.
Hace unos días en la muy noble y hermosa ciudad de Tordesillas se ha celebrado una fiesta. Muy tradicional ella, sí. Sus defensores aducen la antigüedad del festejo (de 1530) como un certificado de legitimidad. Para mí, su origen en la Edad Media me inspira más desconfianza que otra cosa, y de ningún modo suscita mi aplauso. Dicha fiesta, como viene siendo corriente en nuestro país, tiene como víctima a un toro. Se le persigue hasta la extenuación (del animal) entre el jolgorio de la jauría humana que corre tras él lanza en ristre a pie y a caballo. El juego consiste en acribillar al toro con las lanzas hasta que alguna de ellas acaba con su vida. Y en el nombre de la tradición y de la cultura, junto con una amiguita de conveniencia llamada "legalidad", año tras año hemos de asistir a esta horrenda salvajada.

Foto: Miguel Morales

Los intentos de razonar estas matanzas son penosos. Que si también se matan pollos para que tú los comas. Que si es arte. Que si el toro tiene una oportunidad. Que si el toro vive una vida de lujo hasta que cumple su excelsa misión. Por citar unos cuantos argumentos entre otros todavía más descabellados.
Ni tradición ni cultura: simple brutalidad primitiva. Olvidan los defensores del maltrato animal que no está en el mismo plano una necesidad como la alimentación que un modo cruel y sanguinario de pasar una tarde de domingo. Además, y aunque algunos abogamos por no comer animales, defendemos una actitud de respeto y sensibilidad en los mataderos para que el sacrificio sea rápido y sin agonía. Y sobre el arte, ¿no lo era, y sobresaliente, el de los gladiadores? ¿Y la sutil belleza de los duelos en el claro de bosque recién amanecido, acaso no es arte? En cuanto a la vida de placer en la dehesa y la “oportunidad” del toro, seamos serios, por favor. Sólo nuestra vanidad como especie, con derecho a disponer de la vida de otros animales, puede hacernos ver en tamaños disparates un razonamiento. ¿Y si el toro prefiere una vida más normal pero que no termine abruptamente en el colofón de un sangriento juego de humanos? Debemos creernos dioses para escribir la agenda de los animales como si estos fueran seres inertes, como piedras, tornillos o tarugos de madera.

Fotografía: Miguel Morales

Sé que es legal: también lo era la esclavitud hasta que dejó de serlo. Ni tradición ni cultura. Por la abolición de todos los festejos que incluyan el sufrimiento de un animal para regocijo del pomposo género humano. Esto no es una cuestión de tradiciones o culturas, y menos de libertad o democracia como proclaman algunos, sino de civilización o barbarie. Y de momento la barbarie se sigue saliendo con la suya. 



miércoles, 5 de febrero de 2014

Cómo pudo ser

Fotografía Miguel Morales

En un tiempo remoto nuestros antepasados vivían en los árboles. Saltando de rama en rama y sin necesidad de bajar al suelo obtenían todo lo que necesitaban para la subsistencia. Las arboledas entonces eran inmensas, y era fácil recorrer grandes distancias pasando de una copa a otra. Así, el primate de aquellos tiempos siempre disponía de suficiente provisión de frutos arbóreos, la base de su alimentación, complementada con algunas hojas y, quizá, pequeños insectos.

Diversos cataclismos, incendios o catástrofes naturales en una época de gran actividad geológica fueron abriendo grandes claros en los bosques, y la vida arborícola empezó a resentirse. Ya no era como antes, que la superficie de las copas de los árboles entrelazadas parecía infinita. Ahora se terminaba. Lo inquietante era lo que venía después. Los habitantes de los árboles no estaban acostumbrados a las estepas: extrañamente llanas, hasta donde alcanzaba la vista. Después de un infranqueable vacío aparecía un árbol lejano. ¿Cómo llegar a él? Ese mundo de ahí abajo, sin referencias ni orillas, sin sombras protectoras, sin ramas a las que asirse, ¿qué peligros deparaba?
Más que la prudencia, acuciaba el hambre; y también, en buena medida, la curiosidad. Llegado al límite del mundo conocido, el primate bajó del árbol para explorar lo desconocido. Y se encontró con algo que no había previsto desde la altura de la copas. Las plantas herbáceas de la estepa le impedían ver a lo lejos. En el suelo, esas gramíneas silvestres precursoras de nuestros cereales superaban en altura a nuestros antepasados cuadrumanos. Un obstáculo para los ojos, pero no para la superioridad evolutiva de nuestra especie que supo encontrar, una vez más, en el problema la solución: ponerse en pie.

Fotografía Miguel Morales
El flamante bípedo constató que la nueva postura no traía más que ventajas. La visión panorámica, por encima de la altura de las plantas, fue la primera. Sobrepasando los obstáculos, el nuevo mundo empezaba a ser comprendido. Por otra parte, liberados de posar en el suelo las manos delanteras, aquellos antepasados descubrieron que podían usarlas para manipular objetos, cosa que estimuló su creatividad dando lugar a las primeras herramientas e instrumentos de trabajo. 
En este período la inteligencia humana experimentó un enorme desarrollo. Surgió la caza y, con ella, otra novedad: la obtención de reservas de alimentos. El hombre podía asentarse en colonias y disfrutar de tiempo libre. El gran desarrollo de la inteligencia se produjo aquí, y no por comer carne, como sostienen algunas teorías, sino porque el tiempo ganado a la trashumancia permitió a este homínido dedicarse al cultivo pleno de sus facultades, disponiendo de dos manos útiles y de una inteligencia en continuo estímulo. El mundo ya se representaba por el arte y la escritura, y las plantas ya se obtenían de la tierra a partir de las semillas. 
Y he ahí cómo pudo ser la historia y quizá haya sido. Desde entonces el progreso, las guerras, los reyes y las crisis. Tal vez lo de bajarnos de los árboles no haya sido, al final, tan buena idea. Ya lo debatiremos.

Fotos Miguel Morales