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martes, 17 de junio de 2014

Los frutos arbóreos

  
Fotografía Miguel Morales

Si desde el pasado diese un salto al día de hoy creería que el avance de los desiertos había llegado a la calle de mi infancia. Esa calle, entonces flanqueada por árboles vigorosos, es hoy como una estepa cruzada por una línea de asfalto. No es la pérdida de los adoquines lo que me entristece, que también un poco, sino la desaparición de mis amigos los árboles. En su mayoría castaños, aquellos ejemplares que tal vez han nacido con el primer pavimento de la avenida, fueron las víctimas de la última torpeza municipal. Y no es -que también un poco- por lo desprotegidos que nos han dejado sin sombras veraniegas ni parapetos invernales. Es que aquellos árboles que dispensaban refugio los días inclementes nos surtían de castañas durante los otoños de mi niñez. Dulces y jugosas castañas, gratuitas y suficientes para llenar las despensas de todo un vecindario.
Hoy, en el desierto que brota tras el paso de la piqueta, reproduzco en mi imaginación un suelo tapizado de erizos a medio abrir, en donde reconozco la misma imagen de la voluptuosidad. Pero lo que de verdad veo es otra cosa. No hay tierra bajo mis pies y una mirada a las alturas me conecta directamente con las nubes. Piso asfalto y desolación, y hacia arriba ni una triste hoja de los árboles que no hay. También es por la belleza que se ha ido con los árboles sacrificados, aunque son las castañas que nadie recogerá lo que me entristece. Es inútil pararse en la calzada y querer materializar el pasado con una mirada fija. La calle de mi infancia existe cuando cierro los ojos y miro hacia dentro de mi mente. No me basta con recordar o con mezclar memoria con fantasía. He de rendirme a la evidencia: el avance de los desiertos ha llegado hoy hasta aquí.

Fotografía Miguel Morales

¿Y a quién le importa? ¿Cuántas personas de mi calle conservan esa mirada nostálgica al pasado arbolado y castañero? De los recolectores de entonces ya nadie vive allí, ni yo mismo, aunque voy a menudo. Y no se ha producido relevo generacional porque son los árboles los que ya no vuelven, ni siquiera de visita. En la calle ensanchada con un nuevo carril ningún niño de hoy reconocería en el asfalto la hilera de árboles que ya no existe. Esa puerta se ha cerrado, y he de asumirlo.
Ello no me impide seguir clamando en el desierto de mi calle por la vuelta de los frutos arbóreos a la alimentación. Reclamo su mayor presencia en la pirámide de los alimentos en un lugar de honra: al lado de los cereales, a los que pueden complementar cuando no sustituir. Una mayor aportación arbórea ocuparía el espacio de los cereales en retroceso, cuestión de equilibrio y, más que nada, de independencia: bonita palabra para estos tiempos que corren, dominados por poderes oscuros y nauseabundos petróleos. Reducir la dependencia del cereal es un gesto de soberanía alimentaria, clamo en el desierto de mi calle.

Foto: Miguel Morales

Y así como reducimos la dependencia, incitamos a la colaboración. En muchos aspectos los frutos arbóreos se pueden equiparar a los cereales, y lo mismo sus harinas. Si se mezclan ambas -las arbóreas y las terrestres- se logran sabores deliciosos, además de combinaciones de nutrientes muy interesantes para la salud. Recuerdo el éxito de unas filloas en la última Feira Franca de Pontevedra: tres partes de harina de castaña por una de trigo. Y es que la insulsa harina de los cereales gana mucho en asociación con la exquisita castaña. O con la bellota de encina, que también es dulce. La del roble, sin embargo, debe desamargarse previamente para eliminar el exceso de taninos. Es un procedimiento fácil del que ya hablaremos.

Aguacate en el jardín de una iglesia
Foto: Miguel Morales
Si mi opinión contase, aconsejaría ganarle terreno a la agricultura en beneficio de los árboles de fruto. Castaños, robles, encinas, nogales, hayas, avellanos... A medida que escribo estos nombres se me hace la boca agua. Grandes pueblos han crecido a su sombra mientras castañas, bellotas o hayucos llenaban su estómago.  ¿Es que hoy no merecemos sombra?  Hemos deforestado sus colonias sin pensar que cada uno que caía era una despensa menos para el estómago de la humanidad. ¿Es que no merece el estómago de la humanidad multiplicar, y no diezmar, sus despensas? Adelante pues, por la multiplicación. Por el pasado y el futuro bellotero, por la independencia y la cosa pública. Salud. 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cómo pudo ser

Fotografía Miguel Morales

En un tiempo remoto nuestros antepasados vivían en los árboles. Saltando de rama en rama y sin necesidad de bajar al suelo obtenían todo lo que necesitaban para la subsistencia. Las arboledas entonces eran inmensas, y era fácil recorrer grandes distancias pasando de una copa a otra. Así, el primate de aquellos tiempos siempre disponía de suficiente provisión de frutos arbóreos, la base de su alimentación, complementada con algunas hojas y, quizá, pequeños insectos.

Diversos cataclismos, incendios o catástrofes naturales en una época de gran actividad geológica fueron abriendo grandes claros en los bosques, y la vida arborícola empezó a resentirse. Ya no era como antes, que la superficie de las copas de los árboles entrelazadas parecía infinita. Ahora se terminaba. Lo inquietante era lo que venía después. Los habitantes de los árboles no estaban acostumbrados a las estepas: extrañamente llanas, hasta donde alcanzaba la vista. Después de un infranqueable vacío aparecía un árbol lejano. ¿Cómo llegar a él? Ese mundo de ahí abajo, sin referencias ni orillas, sin sombras protectoras, sin ramas a las que asirse, ¿qué peligros deparaba?
Más que la prudencia, acuciaba el hambre; y también, en buena medida, la curiosidad. Llegado al límite del mundo conocido, el primate bajó del árbol para explorar lo desconocido. Y se encontró con algo que no había previsto desde la altura de la copas. Las plantas herbáceas de la estepa le impedían ver a lo lejos. En el suelo, esas gramíneas silvestres precursoras de nuestros cereales superaban en altura a nuestros antepasados cuadrumanos. Un obstáculo para los ojos, pero no para la superioridad evolutiva de nuestra especie que supo encontrar, una vez más, en el problema la solución: ponerse en pie.

Fotografía Miguel Morales
El flamante bípedo constató que la nueva postura no traía más que ventajas. La visión panorámica, por encima de la altura de las plantas, fue la primera. Sobrepasando los obstáculos, el nuevo mundo empezaba a ser comprendido. Por otra parte, liberados de posar en el suelo las manos delanteras, aquellos antepasados descubrieron que podían usarlas para manipular objetos, cosa que estimuló su creatividad dando lugar a las primeras herramientas e instrumentos de trabajo. 
En este período la inteligencia humana experimentó un enorme desarrollo. Surgió la caza y, con ella, otra novedad: la obtención de reservas de alimentos. El hombre podía asentarse en colonias y disfrutar de tiempo libre. El gran desarrollo de la inteligencia se produjo aquí, y no por comer carne, como sostienen algunas teorías, sino porque el tiempo ganado a la trashumancia permitió a este homínido dedicarse al cultivo pleno de sus facultades, disponiendo de dos manos útiles y de una inteligencia en continuo estímulo. El mundo ya se representaba por el arte y la escritura, y las plantas ya se obtenían de la tierra a partir de las semillas. 
Y he ahí cómo pudo ser la historia y quizá haya sido. Desde entonces el progreso, las guerras, los reyes y las crisis. Tal vez lo de bajarnos de los árboles no haya sido, al final, tan buena idea. Ya lo debatiremos.

Fotos Miguel Morales