lunes, 18 de mayo de 2015

Hablando de chutney



Fotografía: Miguel Morales

En el inmenso mundo de las salsas, cada salsa es un mundo. Y si hemos de hablar de ese mundo que es cada salsa en el gran mundo de todas ellas, el más fascinante, por razones que enumeraré a continuación, es el de los chutneys.
No hay salsa como el chutney. Por hacer una comparación odiosa, las mayonesas, salsas de tomate o bechameles siempre son iguales, aun con los distintos matices que les pueda conferir la adición de algún ingrediente o condimento inusual. Pero, ¿qué son unas pocas -aunque dignísimas- variantes frente a un repertorio infinito? Cada chutney es una obra de arte, única e irrepetible, y existen tantos chutneys como la imaginación produzca. Todos los que tú quieras.
Un chutney es una salsa agridulce a base de frutas y hortalizas. Si estás empezando a rechazar el chutney porque aún crees que lo dulce y lo salado no deben ir juntos, yo te pido que pruebes esta maravilla de la ingeniería culinaria y luego opines. Aun en las culturas donde lo agridulce no es habitual existen platos donde el encuentro de los dos sabores, en apariencia incompatibles, triunfa de manera rotunda. Ejemplos de estos platos son el bacalao con pasas, el queso y membrillo o las berenjenas fritas con miel, entre otros. El chutney participa de esa tradición donde sabores en principio dispares logran integrarse en armonía. Cuando eso sucede -la clave de todo es el equilibrio- el resultado es espléndido.

Chutney sobre queso de cabra
(Fotografía: Miguel Morales)

Para hacer un buen chutney no basta con mezclarlo todo de manera caótica y pretender que eso funcione porque sí. Hay ciertos catalizadores básicos en todo chutney que no pueden faltar: el vinagre, el azúcar y las especias. El empleo ponderado de esos elementos integra los sabores y confiere al chutney su personalidad única: le dota de alma, por decirlo de un modo poético. Y aquí hay que tener cuidado: cualquier estridencia arruina la salsa. Cuenta con que algunos ingredientes son más dulces que otros, o más ácidos, y regula el azúcar (que para mí debería ser moreno) y el vinagre, que a veces es limón o una mezcla de ambos, y extrema el ojo clínico con las especias. Nada de ello puede faltar, o no sería chutney, ni figurar en exceso, pues su potencia resultaría excesiva. Permíteme repetir que un chutney bien conseguido te proporciona una experiencia gustativa sublime. No escatimes esfuerzos. Cada ingrediente es protagonista: trátalo con respeto y agradécele su participación en la salsa, pues el premio compensa.
Los chutneys van bien con casi todo: carnes, pescados, pasta, huevos, tortillas… pero también con tempuras, croquetas, empanadillas o hamburguesas vegetarianas. Hay quien los toma simplemente sobre rebanadas de pan. O con patés y embutidos.  


Queso vegano y tostadas con chutney
(Fotografía: Miguel Morales)


O con quesos: éste, para mí, constituye el más perfecto de los maridajes. Imaginad una loncha de queso cubierta por una capa de fragante chutney. ¿Existe pareja mejor avenida? No lo creo. El toque frutal y especiado del chutney matiza y aporta frescura a la combinación, y contribuye a suavizar, realzar o dotar de complejidad a los quesos que acompañe, sean frescos, grasos, curados, fermentados, duros o untuosos. 
Para los indecisos, añado que consumir chutney es otra manera de contribuir a las cinco raciones de frutas y hortalizas que se recomiendan diariamente. Si buscas enriquecer tus sensaciones gustativas a la vez que trabajas por tu salud -recuerda los ingredientes de nuestra salsa-, el chutney es una elección que debes tener en cuenta. 


Humus, manteca de calabaza y mole: para tomar con chutney
(Fotografía: Miguel Morales)

jueves, 18 de septiembre de 2014

Las voces de lo imposible

Fotografía: Miguel Morales

Cada vez que alguien afirma que las cosas tienen que cambiar, se alzan otras voces para decir que es imposible. Las voces de lo imposible no son más numerosas ni más convincentes, sino al revés. Pero cuentan con una ventaja: el control. Esas voces saturan el espacio y la letra impresa. Nos acompañan en la sopa en todos los telediarios, te las encuentras en el café aullando desde los titulares de los periódicos, y claro, terminan por acomodarse en las mentes de las personas: que es, al fin y al cabo, lo que pretendían.
Si las voces de lo imposible hubieran vencido siempre el feudalismo no habría pasado a la historia, la Inquisición seguiría controlando nuestras vidas, las mujeres no tendrían derecho al voto. Recordemos la época de la esclavitud: tratados como mercancía, los esclavos significaban un gran negocio para mucha gente. Existían compañías de seguros especializadas en el transporte de esclavos. Las travesías por mar eran inciertas y el armador -si se le puede llamar así- prefería asegurar su carga antes que perderlo todo en un naufragio. 


Foto: Miguel Morales
(Cuadro de Meijide)
Y los bancos, siempre dispuestos a sacar partido, facilitaban este comercio con préstamos abominables. Antes de llegar a su destino como mano de obra gratuita el esclavo ya había generado beneficios para empresas y particulares. ¿Abolir la esclavitud? Imposible. ¿Qué pasa con la economía si desaparece la mano de obra esclava? No dudéis que en ese momento las voces de lo imposible aullaban como lo han hecho en todas las épocas de la historia. Como lo están haciendo ahora. Y sin embargo, como en otras épocas de la historia, tuvieron que tragarse sus palabras.
Ahora hay que asumir que los gobiernos de los países estén supeditados a instancias financieras supranacionales, que son las que dictan la política. Aunque esa política convierta de nuevo al trabajador en mercancía para negocio de algunos. Rebelarse contra esta nueva esclavitud es, naturalmente, "imposible". Aunque veas cómo desaparecen los derechos laborales, cómo los servicios públicos pasan a manos de la especulación organizada y cómo las pensiones se convierten en limosnas. Aunque tanta gente rebusque en la basura para elaborar un menú de desperdicios mientras prospera para una minoría el mercado del lujo. Aunque veas cómo los bancos, que tras haberte arruinado y haber salido indemnes, te siguen tomando el pelo. Aunque todo confluya hacia esa nueva forma de esclavitud encubierta donde la ausencia de derechos será proclamada en nombre de la democracia.


Foto: Miguel Morales

Adiós, salario mínimo, fue bonito mientras duró, pero ahora mi corazón pertenece al Capital. Me llevo los convenios colectivos, los sindicatos que entorpecen la libre negociación entre patronos y productores y las huelgas que limitan el derecho al trabajo. ¿Sólo por eso vas a afligirte, paciente pueblo? En su lugar te queda el espectáculo: sesión continua de fútbol y el empacho de los programas del corazón; y un estrépito de tertulianos a sueldo para vociferar lo inevitable de las cosas. Inevitable e imposible, las dos palabras clave de la era: o la cara y cruz de la explotación. De la mano del "mercado", esto es lo que viene, lo único real, lo único posible.
No digas que lucharás contra tanta injusticia, pues las voces de lo imposible -que no explican por qué no se pueden cambiar las cosas- te acusaran de demagogia: tal es su único argumento. Etiquetarte con términos comodín a la vez que predicen catástrofes si alteras una sola coma del guión. Así son las cosas, sin alternativas.
Y yo digo, ¿lo son? ¿Y si hubiese alternativa a la estafa y a la servidumbre? ¿Y si nos diese por cambiar lo que no se puede cambiar hasta que estuviera cambiado? Cuántas cosas que eran imposibles han dejado de serlo sólo porque alguien las movió de sitio. Empujemos, movamos, demos la vuelta. ¿Por qué esperar más? Revolucionemos. Ahora. Mañana es tarde.


Foto: Miguel Morales





martes, 17 de junio de 2014

Los frutos arbóreos

  
Fotografía Miguel Morales

Si desde el pasado diese un salto al día de hoy creería que el avance de los desiertos había llegado a la calle de mi infancia. Esa calle, entonces flanqueada por árboles vigorosos, es hoy como una estepa cruzada por una línea de asfalto. No es la pérdida de los adoquines lo que me entristece, que también un poco, sino la desaparición de mis amigos los árboles. En su mayoría castaños, aquellos ejemplares que tal vez han nacido con el primer pavimento de la avenida, fueron las víctimas de la última torpeza municipal. Y no es -que también un poco- por lo desprotegidos que nos han dejado sin sombras veraniegas ni parapetos invernales. Es que aquellos árboles que dispensaban refugio los días inclementes nos surtían de castañas durante los otoños de mi niñez. Dulces y jugosas castañas, gratuitas y suficientes para llenar las despensas de todo un vecindario.
Hoy, en el desierto que brota tras el paso de la piqueta, reproduzco en mi imaginación un suelo tapizado de erizos a medio abrir, en donde reconozco la misma imagen de la voluptuosidad. Pero lo que de verdad veo es otra cosa. No hay tierra bajo mis pies y una mirada a las alturas me conecta directamente con las nubes. Piso asfalto y desolación, y hacia arriba ni una triste hoja de los árboles que no hay. También es por la belleza que se ha ido con los árboles sacrificados, aunque son las castañas que nadie recogerá lo que me entristece. Es inútil pararse en la calzada y querer materializar el pasado con una mirada fija. La calle de mi infancia existe cuando cierro los ojos y miro hacia dentro de mi mente. No me basta con recordar o con mezclar memoria con fantasía. He de rendirme a la evidencia: el avance de los desiertos ha llegado hoy hasta aquí.

Fotografía Miguel Morales

¿Y a quién le importa? ¿Cuántas personas de mi calle conservan esa mirada nostálgica al pasado arbolado y castañero? De los recolectores de entonces ya nadie vive allí, ni yo mismo, aunque voy a menudo. Y no se ha producido relevo generacional porque son los árboles los que ya no vuelven, ni siquiera de visita. En la calle ensanchada con un nuevo carril ningún niño de hoy reconocería en el asfalto la hilera de árboles que ya no existe. Esa puerta se ha cerrado, y he de asumirlo.
Ello no me impide seguir clamando en el desierto de mi calle por la vuelta de los frutos arbóreos a la alimentación. Reclamo su mayor presencia en la pirámide de los alimentos en un lugar de honra: al lado de los cereales, a los que pueden complementar cuando no sustituir. Una mayor aportación arbórea ocuparía el espacio de los cereales en retroceso, cuestión de equilibrio y, más que nada, de independencia: bonita palabra para estos tiempos que corren, dominados por poderes oscuros y nauseabundos petróleos. Reducir la dependencia del cereal es un gesto de soberanía alimentaria, clamo en el desierto de mi calle.

Foto: Miguel Morales

Y así como reducimos la dependencia, incitamos a la colaboración. En muchos aspectos los frutos arbóreos se pueden equiparar a los cereales, y lo mismo sus harinas. Si se mezclan ambas -las arbóreas y las terrestres- se logran sabores deliciosos, además de combinaciones de nutrientes muy interesantes para la salud. Recuerdo el éxito de unas filloas en la última Feira Franca de Pontevedra: tres partes de harina de castaña por una de trigo. Y es que la insulsa harina de los cereales gana mucho en asociación con la exquisita castaña. O con la bellota de encina, que también es dulce. La del roble, sin embargo, debe desamargarse previamente para eliminar el exceso de taninos. Es un procedimiento fácil del que ya hablaremos.

Aguacate en el jardín de una iglesia
Foto: Miguel Morales
Si mi opinión contase, aconsejaría ganarle terreno a la agricultura en beneficio de los árboles de fruto. Castaños, robles, encinas, nogales, hayas, avellanos... A medida que escribo estos nombres se me hace la boca agua. Grandes pueblos han crecido a su sombra mientras castañas, bellotas o hayucos llenaban su estómago.  ¿Es que hoy no merecemos sombra?  Hemos deforestado sus colonias sin pensar que cada uno que caía era una despensa menos para el estómago de la humanidad. ¿Es que no merece el estómago de la humanidad multiplicar, y no diezmar, sus despensas? Adelante pues, por la multiplicación. Por el pasado y el futuro bellotero, por la independencia y la cosa pública. Salud. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Insólitos espárragos de primavera


Fotos de Miguel Morales

Las plantas van cubriendo su ciclo a través del año. Esperan su momento de brotar en una época determinada, a veces dormitando bajo tierra en forma de bulbo o semilla, hasta que un día se desperezan y dicen: ya es hora. Asoman su nariz como un periscopio y rastrean el terreno. Para ellas empieza la aventura, y también, desde el otro lado del asunto, para el recolector.
Así como la planta crece y se desarrolla con el tiempo, el recolector observa los cambios para intervenir en el momento oportuno. De algunas se recogen los brotes. Son, para entendernos, lo que podríamos comparar a los espárragos (incluyendo a los mismos espárragos). Algunos nacen de la tierra, pero otros son las puntas primaverales de plantas perennes o la parte superior de ciertos tallos, que en la base son más duros. Como ocurre por ejemplo en el rosal silvestre, en la zarzamora o en el rusco, por citar tres plantas muy conocidas. Se corta la parte tierna -unos diez o quince centímetros- y ya tenemos nuestros “espárragos”. El rosal y la zarza deben desespinarse y pelarse, lo primero por razones obvias y lo segundo para resultar más agradables al paladar. El rusco es tan tierno que no necesita esos preparativos.


Fotos de Miguel Morales

Podrían comerse crudos, pero el rusco peca de amargo y los otros de astringentes. Por eso lo mejor es cocerlos y luego aliñarlos, usarlos como guarnición o de cualquier otra forma, como en tempura. A mí como más me gustan es encurtidos: se escaldan un par de minutos, se introducen en un tarro de cristal o de cerámica y se cubren con una mezcla de vinagre y agua (hirviendo) con un poco de sal, hierbas o especias y una cucharadita de miel (sirve melaza, azúcar moreno o stevia, o cualquier sirope natural). Aunque se pueden consumir inmediatamente mejoran con el tiempo: yo los suelo dejar en maceración como mínimo tres semanas, o más si tengo paciencia. Son un recurso genial que te saca de apuros. Funcionan a la perfección en ensaladas, bocadillos, como entremés… O para comer tal cual entre horas sin que te engorden ni un gramo. Una ventaja es que se conservan en la nevera durante tiempo indefinido, no olvidemos que el vinagre es un antiguo y magnífico conservante.

Tallos de hinojo silvestre
(Foto: Miguel Morales)
Los brotes de helecho común son un ejemplo del primer caso. Hay que recogerlos al principio, cuando sólo levantan media cuarta del suelo y la punta está enroscada. Delgados como palillos chinos, aún no han desplegado las hojas y se pueden tronzar limpiamente con los dedos. Más tarde se volverán coriáceos e incomibles, además de indigestos. Lo mismo se puede decir de la hierba carmín: sus brotes tiernos, del tamaño de un grueso espárrago, no sólo son comestibles, sino deliciosos. A condición de consumirlos en esa fase, cuando las hojas aún apuntan hacia arriba, apretadas al tallo; al crecer, la planta desarrolla principios tóxicos y se vuelve peligrosa. Por eso hay que respetar los ciclos. El helecho y la hierba carmín no pueden comerse crudos: aunque sea brevemente, hay que cocerlos. Tras ese primer paso se pueden aliñar o encurtir según el procedimiento explicado antes. O cocinar en tempura. Esta sencilla técnica consiste en sumergir el producto en una mezcla de harina y agua y freírlo para que se genere una costra crujiente. La densidad de la masa es asunto de cada uno: a mí me gusta espesa. Y unas arenas de sal en escamas tan pronto salen los fritos de la sartén terminan de redondear el plato.
La despensa silvestre nos suministra muchos más insólitos espárragos de primavera, como los brotes de brionia, de zarzaparrilla, los tallos suculentos del hinojo -el terrestre y el marino, ambos delicados-, de la verdolaga, de la bardana, del pie de oso -aunque éste es como el apio-, del ombligo de Venus y otras muchas especies que no voy a enumerar para que este artículo no parezca un catálogo. Cada recolector tiene sus gustos y cada cual se mueve por su propia geografía. El cardo marítimo (en algunas partes está protegido) es aprovechable al 100% en primavera: las hojas recortadas, las pencas, los tallos y el largo rizoma subterráneo, lo que vendría a ser nuestro “espárrago”, así como la raíz. Como en todas las demás especies, el recolector ha de estar atento al ciclo de la planta. Las que hemos citado sólo son útiles en primavera, antes de perder su ternura y pasar a otra fase. Algunas dejan de ser comestibles y otras desarrollan flores y frutos también excelentes, como la rosa, los escaramujos, las moras las semillas de hinojo, etc, etc.
En fin, dejo de hacer inventario sin olvidar que la estrella de todo esto lo serían los propios espárragos silvestres, pero para este artículo el nombre de espárrago va con el apellido de “insólito”, y los espárragos de siempre, producto exquisito donde los haya, ya no lo son tanto.


Pie de oso (foto Miguel Morales) 


Fotos de Miguel Morales


martes, 22 de abril de 2014

Un vergel que imita al campo



Fotografía: Miguel Morales

Mi casa no vale gran cosa, salvo por mi terraza; y mi terraza no vale gran cosa, salvo por las plantas silvestres. Mi afición por las especies vegetales que crecen libres en la naturaleza me ha llevado a convertir todo el perímetro de mi espaciosa terraza en un vergel que imita al campo. Y ahora que el perímetro exterior ya ha sido invadido empieza a ocuparse un segundo, y no está lejos el día en que la línea de las macetas trace un tercer o cuarto perímetro, como una espiral que se estuviera trazando de la periferia al centro.
Sí, eso es lo que le da sentido a lo que me gusta denominar mi terraza, que es más bien como un curioso patio sin encajonar: hacia delante hay una barandilla y más allá una huerta; y al fondo, lejos, edificios con ventanas como ojos o como bocas. A la izquierda hay una tapia que da a un barranco, y a la derecha otra casa en ángulo recto. Y el cuarto límite, como no podía ser de otro modo tratándose del lugar del que hablamos, es la parte trasera de la casa. Sí, es muy curioso mi patio, un híbrido entre terraza y manzana interior o un espacio inclasificable, no lo sé. Pero bueno, dejémonos de tediosas descripciones. Lo que de verdad importa es mi determinación de crear un entorno con macetas anarquistas rebosantes de plantas libertarias.

Fotografía: Miguel Morales

La mayor parte han crecido solas dejando que la lluvia regase la tierra de los tiestos. No hace falta más. El viento, los pájaros, los lepidópteros, himenópteros o coleópteros, la propia tierra que aloja simientes adormecidas, el agua que cae de las nubes o alguna vez de mi regadera… No hace falta más para que mi jardín brote de la nada aparente y se convierta en un vergel que imita al campo. Y para mi orgullo infinito, no solo al campo. Imita a los bordes de los caminos, a los lugares incultos, a los solares urbanos, a los taludes, a las cunetas, a los resquicios de los muros y a las brechas del pavimento. Sé que todo eso lo tengo fuera de casa; ahora, también, en la parte de atrás de mi casa.

Foto: Miguel Morales
En ocasiones me hago agricultor. Quien entre en mi cocina, antesala de la terraza, descubrirá la mesa repleta de esquejes introducidos en vasos con agua. Están echando raíces antes de su traslado a los tiestos. Algunas plantas las he traído con raíz y aun así casi siempre reponen fuerzas en un vaso de agua. Son plantas que me interesa tener cerca. De algunas admiro su porte, de otras su misterio, de otras la utilidad. Con frecuencia me siento en una silla y las observo largamente. Las estudio, aprendo de ellas. De verdad que, puestos a perder el tiempo, no concibo mejor manera que ésta. Otros se dan a la tele y los programas del corazón. Cuestión de gustos.

Fotografía: Miguel Morales

Llegan mustias del campo y se enderezan con el remojo. Cambiándoles el agua cada día incluso crecen en el vaso, y algunas, que eran simples ramas, en unos días florecen. A mí me gusta ver cómo evolucionan antes de ir a la tierra y cómo lo hacen después, ya trasplantadas. ¿Es perder el tiempo? Las especies que no conozco termino identificándolas con ayuda de mis libros y del tiempo que precise, lo pierda o no, tiempo que a mí nunca se me hace largo. 
El cubrir perímetros de terraza con macetas de malas hierbas será para muchos una excentricidad. El vecino del primero -dirán- no sólo cultiva hierbajos, sino que por el modo de mirarlos diríase que se encuentra ante una flor exótica, a la que incluso se atreve a regar en tiempos de sequía. Es muy raro el vecino del primero.
Y yo digo, a quien me pregunta, que dispongo de un jardín botánico en la trastienda de mi casa; pero también de una farmacia y de una provisión de verduras para los días en que el campo queda lejos de mi cocina; o de mis apetencias, que también puede ser.  

Fotografía: Miguel Morales



jueves, 3 de abril de 2014

Invasoras, indestructibles y alimenticias

 
Fotografía: Miguel Morales



La mirada del agricultor sólo ve unas malas hierbas invasivas. Algunas son una plaga, porque brotan y rebrotan aunque las arranques de cuajo. El agricultor no puede creer que plantas tan maltratadas consigan sobrevivir. Las cultivadas crecen en colchón de plumas, se las mima y sobrealimenta, se las aparta de malas compañías… Y un día, en medio de esa aparente vitalidad con que se muestran al ojo hortelano, un fenómeno atmosférico adverso acaba con ellas. O una pandilla de bichitos que vienen a darse un banquete. Todo les afecta a estas melindrosas.
Sus camaradas silvestres, en cambio, ni se inmutan. Sequías, inundaciones, sed, encharcamiento o venenos fumigados sobre sus hojas turgentes, a todo se habitúan. Aguantan las heladas con la misma entereza que el abrasador sol de julio. Hasta en el peor de los casos, masacradas tras desigual combate con las cortadoras de césped, estas heroínas vuelven a asomar. Una, dos, las veces que la máquina genocida actúe, sólo un ápice de raíz anclado en tierra será suficiente. Y una nueva planta orgullosa crecerá para desafiar al mundo.
La mirada del agricultor sólo ve malas hierbas. Yo veo verdura. ¿No habría que aprovecharse de ese privilegio? No tienes que ocuparte de regarla, la puedes pisar y te puedes olvidar de que crece ahí en el prado, por su cuenta y sin pedirte nada, y que te espera para cuando la necesites. Sólo tienes que ir y recogerla. Al poco tiempo tendrás una nueva planta, o la misma replicada, rebrotada, multiplicada, da igual, las plantas silvestres siempre se las arreglan para sobrevivir. Llevan haciéndolo sin ayuda desde la prehistoria. 
Yo veo verdura. ¿Por qué habría de ver otra cosa? Es verdura. Con sólo un minuto de recolección he acopiado ingredientes para un arroz a la carnicera, con hierba carnicera, claro, una especie invasora e indestructible que, para mayor suerte, ¡se come! Crece por doquier, en huertas, prados, solares, muros. Unas pocas hojas bastan para un arroz, hojas que la planta repondrá en poco tiempo. ¿No estamos de enhorabuena?


Hierba carnicera
Foto: Miguel Morales

La hierba carnicera, cuyo nombre científico es Conyza bonariensis (o Eringerum canadensis), es también una planta medicinal. Es diurética, depurativa y antirreumática. Especialmente indicada para eliminar el ácido úrico. Ecelente para tratar la cistitis y otras afecciones urinarias. Tiene propiedades hepatoprotectoras y actúa eficazmente en casos de gastritis y úlceras de estómago o duodeno. Por vía externa es cicatrizante y antiinflamatoria. Mejora su potencial curativo al asociarla con llantén (para cicatrizar) y con malva (como antiinflamatorio). 
A la vista de los beneficios que nos aporta, ¿qué sentido tiene esa inquina contra la hierba  carnicera, excepto llenar los bolsillos de Monsanto? Si hasta puede ser útil en la agricultura: sus hojas repelen a los pulgones y la planta constituye un magnífico abono verde. ¿A qué viene tanta fijación con la guerra química hasta la victoria final? Intentan erradicar el amaranto -otra mala hierba- de los cultivos de soja. Y ocurre que el amaranto resiste el herbicida, pero la soja no. Qué bonita paradoja. O ésta: resulta que el amaranto es una de las mejores verduras que existen, y sus semillas, sumamente alimenticias, son más proteicas que las de la soja. Se ve que el exceso de civilización nos ha aflojado un tornillo en nuestra cabeza. 
¿Quieres una verdura que crece sola, que se recolecta con dos dedos, que se limpia en un abrir y cerrar de ojos, que se cuece en el tiempo de un arroz y con un sabor suave y ligeramente aromático? Estamos hablando de la hierba carnicera. No hay modo más inteligente de controlar las plantas invasoras comestibles que... ¡comiéndolas! Cuesta creer las vueltas que hay que dar para llegar a este sencillo razonamiento.


Invasoras, indestructibles y alimenticias
Foto: Miguel Morales

miércoles, 12 de marzo de 2014

Wabi sabi

Fotos: Miguel Morales

Mucho antes de saber que en algún lugar del mundo existía un concepto llamado wabi sabi, ya me atraían los elementos de belleza evanescente como las piedras erosionadas, los metales corroídos, los líquenes que dibujan mapas en las rocas, las hojas ocres del otoño o los matices cromáticos de las oxidaciones, por citar sólo algunos. En el ciclo de las cosas, entre la nada y la nada -de la que procedemos y a la que nos acercamos-, yo me detenía con especial predilección en esa fase donde la vida del objeto parece entrar en decadencia. Ya Marguerite Yourcenar, no sé si influida por los japoneses, había observado que las esculturas forjadas por el tiempo gozan de un sello inconfundible, caracterizado por la irregularidad, el capricho, la imperfección, cualidades que nos acercan al wabi sabi. Hasta en los muebles envejecidos, una tendencia en la decoración actual, o en la ropa vintage, se puede reconocer esa filosofía de la belleza que procede, como las algas o el sushi, del país del sol naciente. Para mí fue toda una revelación; y eso que, sin yo saberlo, había practicado wabi sabi toda mi vida.



Foto: Miguel Morales


El wabi sabi se comprende más por la intuición que por el intelecto. No es fácil definirlo, pues, al modo usual, enumerando sus características distintivas por medio de la palabra, que para la ocasión resulta ser un vehículo cargado de limitaciones. No todos los ojos pueden reconocer el wabi sabi. Sólo una mirada humilde y sin prejuicios sabe encontrar la belleza en las cosas imperfectas, asimétricas, descoloridas, en las piezas que son irrepetibles porque, en su evolución, la naturaleza ha dejado en ellas una huella singular. No es wabi sabi un macizo de flores perfectas, de colores nítidos y de formas equilibradas, y si lo es una rama desnuda y cuarteada de la que brota, en contraste con la aspereza anterior, un cogollito de hojas primaverales. No lo es el aburrido seto cuadrado por la tijera de un jardinero primoroso -por más que a muchos les guste esa imagen-, y si lo es el tronco esculpido por la lluvia, los insectos o las ardillas, transformado por la actividad casual y cambiante de estos factores en un cuadro genial o en la mejor de las novelas.


Foto: Miguel Morales


Antes de conocer el wabi sabi mi casa era un refugio de objetos encontrados. Me gusta creer que su rescate acaeció en el punto justo en que la pátina del tiempo y las tensiones del entorno los había dotado de su personalidad más encantadora. Y así ha sido a mis ojos. Se dice que el wabi sabi escapa de los museos, pero mi casa bien podría ser un museo -al menos un hotel- de la belleza imperfecta. Dice Andrew Juniper que un objeto wabi sabi provoca en quien lo contempla una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual. Sintonizo completamente con esa imagen: el paso del tiempo, la fugacidad de la vida, la impermanencia de las cosas. Más que una forma de estética, el wabi sabi es un estilo de vida. Ahí encaja mi resistencia a cubrir las paredes de mi cocina con alacenas de simétricas formas euclidianas. Muebles pulidos, nítidos, regulares: siempre los he visto con recelo. En su lugar, he instalado estanterías fabricadas con pallets destartalados o maderos rescatados de las playas. Sobre sus baldas -que han conocido mundo- se agrupan toda suerte de recipientes para mis hierbas o legumbres, cajas de lata que han atravesado generaciones, vasijas de dibujos desvaídos y veteranos tarros de cerámica con melladuras en los bordes. ¿Es cuestión de gustos? Sí, y de sensibilidades. El tiempo se congela en los elementos wabi sabi, y la vida, que nunca deja de fluir, parece detenerse por un segundo para que la contemplen mis ojos melancólicos mientras espero a dar el siguiente paso.

Foto: Miguel Morales